• Adriana Arismendi

Diversidad y Libertad

Siempre me quedo pensando a qué se refiere la gente cuando dice que alguien es “diferente” o “especial”. ¿Es que acaso no somos todos así? ¿Qué nos hace pensar que estamos en posición de ventaja y eso nos da derecho a criticar y juzgar a los demás, a decir quién es digno y quien no? Esto me ha dado vueltas en la cabeza por mucho tiempo. Y no creo que se necesite vivirlo en carne propia para saber que no es justo que seamos menospreciados. Que se nos vea diferente, que se nos considere extraños. La discriminación es un mal que está presente de muchas maneras, lamentablemente. Extranjeros, pobres, negros, asiáticos, gays. Quienes se visten distinto a como lo hace el común, los que deciden vivir diferente a los demás, los que deciden no tener hijos o no casarse, o casarse varias veces. Todos contra la pared, por lo que creen tener un pase especial para admitir o rechazar.


Como personas somos todos distintos y de alguna manera también somos todos especiales. Son esas diferencias las que nos hacen interesantes, las que nos distinguen por encima de los objetos producidos en serie. Los distintos puntos de vista, la variedad de creencias y de expresiones, son las que, en mi opinión, le dan vida a la vida.

¿Por qué querer que todos seamos iguales? ¡Qué mundo tan aburrido!. Hace un tiempo descubrí que mi palabra es “libertad” la posibilidad de ser dueña de mis pensamientos y responsable de mis actos. Libre para decidir lo que quiero vivir y cómo lo quiero hacer. Si algo logra sacarme de mis casillas, es la imposición, la obligación, la injusticia. Veo en cada persona la oportunidad de aprender, de construir, de crecer.

Tenemos inevitables filtros mentales que se convierten en moldes. Pasamos a cada persona que conocemos por esos filtros e intentamos que encajen en nuestros moldes. Esas creencias son producto de la influencia en nuestra crianza, de lo que escuchamos y absorbemos como esponjas.


Cuando sumamos todo esto a las experiencias que tenemos, a las personas que vamos conociendo, nuestro juicio va tomando una forma particular. Y así, sin darnos cuenta tenemos un resultado a esos filtros y moldes, es decir, una acción que resulta luego de pasar a las personas por nuestro riguroso proceso de selección.

Dentro del análisis que hacemos de las personas, formamos opiniones, todos las tenemos. Estas se diferencian sustancialmente del juicio que hacemos, con el que nos permitimos determinar que algunas personas no son dignas. Como dije, la opinión es natural, el gusto también lo es. No todo lo que vemos nos tiene que gustar y aunque así sea, no necesitamos tenerlo todo para estar de acuerdo con alguien. El punto está en pasar los filtros naturales que tenemos y una vez ocurre, qué decisión tomamos: rechazar o aceptar.

Ante la idea de rechazar, creo que es interesante pensar en: qué tanto nos afecta, de manera personal, las decisiones o formas de otras personas. Normalmente los estilos de vida y las elecciones particulares de cada persona, no afectan nuestra vida, en ese escenario, es más sencillo respetar. Asumir que, en un mundo de libertades, cada uno decide cómo quiere ser feliz. Me parece que de eso se trata y todos estamos intentando conseguirlo cada día. Entonces, si la intención es noble, hay que apoyar la libertad de elegir cómo llegar a tan preciado sentimiento.

Aceptar, por su parte, no nos convierte en héroes. Es el mínimo esperado, lo que nosotros quisiéramos recibir de los demás. Asumir que la diversidad es motor de cambio y el cambio es un paso de la evolución.

No todo será como queremos, pero ¿quién dice que nosotros tenemos la verdad, la definición de cómo deben ser las cosas? Prefiero pensar que todo está por descubrirse y mientras eso sucede elijo ver el alma de las personas a través de sus ojos, no de su estilo, apariencia o elecciones de vida. Decido valorar a las personas por lo que son, lo que representan.

Eso me lleva a tener claridad de que mientras más diversos sean los equipos con los que trabajo, mas grandes son las cosas que puedo hacer. Porque es esa diferencia de vida, de elecciones, de formas, las que nos hacen plantearnos cada día cómo construir un mundo mejor desde el trabajo que hacemos. El mundo mejor que todos, sin importar nuestras preferencias, queremos y merecemos.


La diversidad es la oportunidad de descubrir, de volvernos mejores, de crecer y evolucionar. No intentemos cambiar a los demás, intentemos apoyarlos para que sean felices. Aprendamos a convivir y ver lo que es realmente valioso en cada uno.

Afortunadamente podemos elegir, podemos soñar y crear los proyectos que queremos. Seamos embajadores del respeto y la inclusión, no del discurso, sino del sentimiento genuino que hace que reflejemos nuestras creencias en todo lo que hacemos, porque todas nuestras acciones se reflejan, no hay secretos y cuando intentamos ocultar nuestras culpas solemos acusar a otros con dureza. Un mundo mejor es ocuparnos de ser mejores personas, no de hacer que los demás encajen en nuestros moldes.

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