• Adriana Arismendi

Las formas y las personas

Una nueva forma de trabajo implica modificar y adoptar nuevos pensamientos y creencias. No estoy segura de si hablar de metodología implique seguir con rigurosidad un paso a paso estricto e inmodificable, lo cual considero, no aplica en un mundo en constante movimiento y cambio.



Para mí el concepto tiene una esencia, una razón de ser y el cómo llevarlo a cabo deberá tener las variaciones que correspondan de acuerdo a lo que se quiera lograr y el ambiente y circunstancias en las que se esté llevando a cabo.


Esto es parte fundamental de plantear una nueva forma de trabajo, e implica no entregar un manual con todas las respuestas a cada persona, sino empoderarlas para que con suficiente información acerca de lo que queremos lograr y la esencia del proceso, sean capaces de construir o moldear el cómo.


Los retos profesionales en un mundo lleno de información accesible y completa, presentada en tan variadas formas distan mucho de ser técnicos, por el contrario, son completamente humanos. Entender a las personas y a partir de esto mostrarles el camino para que se empoderen y puedan dar lo mejor de sí mientras lo disfrutan, es el reto.


La transformación corporativa que ha estado tan de moda en los últimos meses, dista mucho de ser tecnológica, como siempre la hacemos ver. Adquirir nuevas tecnologías, ajustarlas o cambiarlas es sólo parte de una decisión racional que obviamente considera puntos fundamentales como presupuestos, operatividad, riesgos materiales, funcionalidad, etc. Sin embargo no es más que una decisión objetiva.


La verdadera transformación tiene que ver con las personas, sin que ellas estén comprometidas no hay tecnología que sea capaz de operar un negocio entero de manera exitosa. Además, no basta con contar con profesionales aptos, es necesario contar con personas comprometidas con la organización y la visión de cambio, pero por sobre todas las cosas, comprometidas con ellos mismos. Se trata de aceptar que no somos expertos, que aprendemos y desaprendemos todos los días, que no hay barreras relativas a la edad, el cargo, las nacionalidades o creencias. Las aptitudes ya no se enmarcan fácilmente en un cuadro de check points, consideran la flexibilidad y la mentalidad abierta de personas que no se sentirán nunca seguras de una posición ganada, sino que trabajarán todos los días para ganarla.


El conocimiento es necesario, no en vano hay estudiosos, teorías, investigaciones y carreras estructuradas para moldear el pensamiento, sin embargo, un cerebro lleno de información valiosa sin un corazón vibrante, no llega a ningún sitio.


Las personas necesitamos, además del conocimiento técnico, sentir que lo que hacemos responde a un propósito en el que creemos. Muchos dicen que esta es una característica de las nuevas generaciones. Los Millennials no se emplearán a menos que crean en una causa, yo creo que esto es relativo a todas las personas que han tenido la oportunidad de creer en sí mismas, que ven el mundo sin fronteras, que conocen tan bien el valor de su aporte que están seguras de que al negociar con una empresa ambas partes ganarán.


Esto para mí no tiene que ver con edad o generación, sino con educación, con empoderamiento, con respeto por sí mismo y con una clara visión de nuestros talentos lo que nos lleva a desarrollar lo que hacemos con amor y en consecuencia a disfrutarlo día a día, sabiendo que podemos contribuir, que somos capaces de crear así sea sencillos pasos de un proceso, soluciones que aporten a la eficiencia, productos que lleguen a un gran número de personas, cualquier cosa que rete nuestra inteligencia y nos haga sentir valiosos.


Ante la inminente transformación corporativa la elección del por dónde empezar en un momento en el que todo es un caos, no ha sido sencilla. Reemplazar y tomar decisiones drásticas, no solo es injusto, sino arriesgado. El liderazgo verdadero se pone a prueba en las pendientes, en los momentos en los que no es evidente el camino a elegir, en los que hay que dejarlo todo para crear algo grande.


Es así, como la apuesta se va en doble vía. Potenciar a las personas, ayudarlas a descubrir su potencial, impulsarlas a pensar en grande, retarlas a crear, apoyarlas para poder arriesgar, acompañarlas a crecer, soportarlas al caer. Pero también, recoger los nuevos frutos, aprendizajes y éxitos. En este camino, en medio de tantas actividades, darles herramientas para aprender y evaluar su desempeño, entendiendo que en todas las relaciones exitosas debe existir balance: ganar – ganar, reciprocidad, no con las personas que lideran, sino con las oportunidades que se entregan. Esta es la segunda parte de la apuesta.


La observación y escucha son claves para conocer a las personas, identificar sus talentos y percibir, cuánto los desarrollan a partir de las herramientas y oportunidades que se les entregan. Como en todas las interacciones humanas, la empatía y conexión emocional se vuelen ineludibles, por lo que como líderes, mantener claridad sobre el plan es indispensable de manera que la visión objetiva prevalezca en la evaluación real del desempeño, en un proceso de transformación.

Esta necesidad de cambio y de potenciar a cada una de las personas en un equipo grande y diverso requiere de acciones más arriesgadas, todo toma su tiempo, sin embargo el tiempo no puede detener el cambio por lo que pensar, probar, evaluar, es clave para determinar las acciones adecuadas.

En un equipo de mucha personas conocer y medir capacidades es toda una odisea. Entonces es mucho más fácil medir lo evidente. El liderazgo jerárquico ahoga a las personas de un equipo, las opaca e impide a toda costa que creen y muestren, pues es siempre el líder quien tendrá visibilidad y honores ganados por las acciones de mérito que su equipo ha creado. Los errores serán fácilmente ocultados, o su responsabilidad diluida en tantos culpables que las sanciones serán imposibles de aplicar.


La gran ventaja de un equipo grande es, que debe responder a grandes responsabilidades lo que me ha dado la oportunidad de elegir algunas de ellas para involucrarme directamente y poder comprobar qué pensaban las personas, cómo actuaban, qué estilo de liderazgo estamos propiciando y cómo se vive el día a día y los resultados.


He creado nuevas formas, métodos que no están escritos en ningún libro, pero que me han funcionado. No creo en que seguir las instrucciones precisas de una metodología o adoptar un nuevo lenguaje, haga que las personas den su máximo. Elijo creer en que todo lo hecho tiene sus ganancias y que, si somos capaces de entender los retos que tenemos y vemos con claridad hacía dónde queremos ir, podemos tomar lo mejor de lo que existe y complementarlo con lo mejor de lo que tenemos, para crear cada vez una formula única de valor basada en las personas y las circunstancias y no en las modas corporativas.

Qué importa adoptar, importa aportar.

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