• Adriana Arismendi

Por qué debemos cambiar

Encontrar razones es como buscar piedras diferentes en la arena de la playa. Las vamos a encontrar siempre que queramos poner nuestra atención en ello y valorar lo que a nuestros ojos puede ser simple o pequeño pero que hace parte de un gran todo.



Cuando nos negamos a reconocer lo que nuestros ojos o nuestro corazón ve, entonces nos negamos a cambiar, a transformar y en consecuencia a crecer. Cuántas veces no decimos ante un evento que nos marca, “ ya lo sabía y no lo quise reconocer”, es el juego de nuestra mente queriendo negar la posibilidad de cambio.

Sin un estudio científico pero con la experiencia de mi propia vida, me atrevería a decir que sabemos casi todo antes de que suceda. Y eso no es porque tengamos algún sentido extra o porque alguien más lo diga o porque crea yo en temas esotéricos. Lo sé, porque nuestro corazón lo sabe, lo intuye. Sabe cuando alguien más ya no nos quiere, cuando lo hemos dado todo en el trabajo y ya no hay forma de seguir creciendo y entiendo creciendo por aprendizaje y posibilidad de aportar, no por escalar posiciones. Cuando ya sentimos que debemos encontrar un espacio para vivir solos o con otra compañía, cuando hemos saturado nuestras expectativas y ya nada nos llena. Ese es el saber que un cambio deberá suceder.

Posiblemente nuestro fallo está en negar ese sentimiento y aferrarnos a la idea de que todo debe permanecer tal como lo diseñamos o como otros lo diseñaron… y de esa manera creemos que si hacemos caso omiso de ese llamado interno entonces nada sucederá, todo se quedará igual como en una fotografía…

Resulta que eso no sucede, tal vez tarde mucho tiempo más en pasar y ese tiempo nos haga acumular experiencias y sentimientos, a veces negativos, pero finalmente, tarde o temprano, algo cambia y aquella situación termina con un desenlace.

Para quienes hemos perdido seres queridos, la idea de aferrarnos a que aquella situación de vida no termine un final que conlleve a una despedida, es quizá, la forma más natural y fácil de reconocer de aferrarnos al no cambio.

Hace unos años una de las personas más queridas y cercanas en mi vida enfermó, por segunda vez. No sabría cómo explicarles, pero recuerdo con exactitud el día, el momento y el sentimiento que tuve cuando me enteré de la primera vez que enfermó. Llegó a mí un aire de esperanza y una fortaleza extraña que me hizo pensar, esto lo superaremos. Y así fue.

Cuatro años después, recuerdo también el momento y la sensación de escalofrío que mirando al cielo me hizo pensar, esto va a suceder, es el fin y hay que afrontarlo, aunque la tristeza sea infinita.

Les cuento, que tal como cualquiera de nosotros podría hacer, luché contra la resignación, busqué recursos, pensé diferente, intenté todo, pero sucedió y un día se fue. Aunque hoy casi cinco años después a veces pienso que aún está aquí y me preguntó con reproche por qué todo cambió, entiendo por pequeños momentos, que uno no pierde nada, solo cambia la forma de relacionarse y ese cambio aunque duela, es crecimiento, es fortaleza y oportunidad de ver y valorar el mundo con lo que tiene cada día y no con lo que queremos que tenga.

Entonces debemos cambiar porque necesitamos crecer, vivir otras cosas, aprender, valorar, construir lo que queramos que signifique ser felices y eso es una receta distinta para cada quien.

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