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¿Por qué escribí Líder irreverente?

Escribí este libro no para hablar de conceptos y verdades absolutas, no para convencer a aquellos que defienden el statu quo o se paralizan ante el miedo. Escribí este libro para exponer ideas con el fin de motivar e inspirar a aquellos que sienten la necesidad de desafiar ese statu quo, de crear nuevas definiciones de éxito para aquellos que saben que debe haber más de lo que hoy tienen, para los que necesitan un pequeño empujoncito para volar; para todos los que saben que necesitamos líderes que propicien la diversidad, que crean en algo y se aferren a sus propósitos para lograr un bien común, más allá de los resultados del presente.

Este libro existe porque creo en que las cuotas de felicidad y logros no están contadas; creo en que no hay límites si lo que se quiere es beneficioso para todos. Estas ideas están basadas en la confianza, en los talentos de las personas y empoderarlas a ponerlos en práctica para cultivar generaciones de líderes que no se conforman, que saben que cada una de sus acciones tiene repercusiones en otros como un efecto espiral, por lo que con consciencia crean y comparten, sin egoísmos porque sabe que la abundancia es infinita y aunque a veces con miedo, avanzan a paso firme convencidos de su propósito.

Si creemos en un mundo en el que podamos sentirnos apasionados, disfrutar llenos de confianza y seguridad, vibrando todos los días con lo que hacemos y asumimos esa visión como líderes, entonces asumiremos también que de todos es la responsabilidad de dar luz, enseñar, apoyar y guiar a aquellos que están comprometidos a liderar de una manera irreverente, a aquellos que piensen en todos y no en uno; en mañana, y no en ya. Y tal vez lo primero que debemos hacer es preguntarnos ¿por qué no?

Parece mentira que después de enfrentar una pandemia, ver misiles obstaculizados en el aire, descubrir cómo salen a la luz tantas mujeres que han sido abusadas y seguir presenciando violencia racial, necesitemos convencernos de la necesidad del cambio como un paso para evolucionar.

El surgimiento de nuevos modelos económicos, los avances en la ciencia, la educación accesible y la implementación de objetivos de desarrollo sostenible son una muestra de cambios que acontecieron porque grandes grupos de personas, unidas por un propósito común, decidieron colaborar sin mucha certidumbre en el resultado, y con certeza en la necesidad.

La persistencia que solo existe porque se ancla en la convicción del propósito nos ha llevado a intentar, fallar y volver a intentar, tantas veces como sea necesario, incluso para después de lograr una meta no detenernos y continuar haciendo. Somos capaces de hacer cosas extraordinarias no por un salario oneroso o por la promesa de un bono por cumplimiento, lo hacemos porque sentimos que con ello contribuimos a algo más grande que nuestro propio beneficio, a un valor real para la sociedad.

Aun cuando sabemos que el cambio trae múltiples utilidades, no es fácil aceptarlo. Nos exige un esfuerzo que va más allá de la voluntad y tiene que ver con las barreras que otros imponen y nuestra propia mente enraíza.  Como personas estamos acostumbradas a criticar y a quejarnos delegando la responsabilidad en otros de lo que no nos complace.

Nos hicimos la idea de alcanzar objetivos de inmediato, de manera de autocomplacernos con la aprobación de aquellos que nos juzguen como exitosos, alejándonos de la idea del fracaso que existe como un concepto oscuro. Esta manera de trabajar por el logro “del ya” y perseguir la comodidad del “éxito” que nos han inculcado puede resultar beneficiosa en algunos casos, pero, sin duda, es un arma letal para las organizaciones que quieren tener presencia a largo plazo.

Los efectos de este tipo de comportamiento −negación al cambio− son visibles en muchos espacios. Amenazas e intimidación por cumplimiento de resultados del mes, despidos anuales como medida de cumplimiento de rentabilidad, espacios de trabajo cargados y pesados, prioridad ante el accionista en detrimento de los clientes, empleados y proveedores, prácticas comerciales poco transparentes y ausentes de ética, recompensas económicas y materiales extraordinarias por los resultados en ventas y el aplauso a equipos de trabajo que “muestran más” con líderes que siguen haciendo lo mismo de siempre para proteger sus intereses obviando el desarrollo de sus equipos. Todo lo que contribuye a hacer creer a las personas que trabajar es un sacrificio, que los cupos del éxito están contados y ocupados y, en consecuencia, que hay solo dos caminos: bajar la cabeza y hacer lo que te pidan o intentar aniquilar al que está más arriba para crecer: ambas ideas absurdas que se incentivan con el acelerado mundo de la economía digital y la competencia súper expuesta. Una dinámica de corto plazo que nos hace sentir constantemente por caer al borde de un abismo y no por impulsarnos de una plataforma de múltiples posibilidades. 

Un líder irreverente tiene un propósito: creará y transformará; será capaz de dejar huella y de influir en otros para una utilidad mayor para el bienestar de la sociedad.

Estoy segura de que muchos de nosotros lamentamos este estado y aunque probablemente solo al ver estas ideas de frente reflexionamos sobre ellas, penosamente parece que la dinámica en la que vivimos y la necesidad de demostrar y no incomodarnos son más poderosas que el impulso para cambiarlas. Sé también por experiencia que cuando decimos que la prioridad son las personas o que podemos hacer algo radicalmente distinto, a menudo enfrentamos resistencia. Muchos de los líderes actuales nos repliegan al margen de algunos temas; piensan que somos ingenuos y que al no conocer no podemos entender y encontrar soluciones a la realidad que nos aqueja, y cómo funcionan los negocios y los gobiernos.

 

Como consecuencia, muchos de nosotros retrocedemos y nos mantenemos al margen, convencidos de que no somos suficiente fuerza para lograr el cambio. Nos resignamos a ser amantes de los viernes, despertarnos con pesadez de ir a trabajar los lunes, a no sentirnos seguros en el entorno laboral y a sentir como una lucha infinita la meta de satisfacción en nuestras vidas. Nos olvidamos de preguntarnos: ¿Por qué no? Puedo ser feliz…, puedo ser yo… puedo hacer algo distinto… puedo lograr un resultado más alto…

Es probable, y lo creo absolutamente posible, que esa realidad a la que estamos acostumbrados no sea más que la cortina de humo que algunos han levantado para hacernos creer que no somos capaces, que el triunfo es solo para algunos privilegiados y que estamos lejos de atravesar esa niebla. Por lo que si nos convencemos de que es solo una barrera que se puede atravesar, rodear o quitar, estaremos del otro lado viendo una nueva realidad y, lo más importante, siendo protagonistas y no víctimas de ella.

Está en nosotros vivir como queremos: ser líderes con propósito, capaces de crear y transformar, de dejar huella y de influir en otros para un beneficio mayor para el bienestar de la sociedad y así la utilidad para las empresas, los accionistas y para ellos mismos es infinitamente mayor. No es fácil, pero todas las cosas que valen la pena, merecen el esfuerzo. Solo los que trabajen cada día para que los echen, podrán aportar más, cruzar las líneas y demostrar que las reglas deben ser escritas cada día, no se conformarán y ante cada “no es posible” encontrarán una nueva solución. Ellos cambiarán los manuales de funciones por declaraciones de principios y libertad de estándares, por desafíos y valor en lugar de un recetario de acciones para cada rol.

Escribí este libro no para hablar de conceptos y verdades absolutas; no para convencer a aquellos que defienden el statu quo, o se paralizan ante el miedo. Escribí este libro para exponer ideas con la finalidad de motivar e inspirar a aquellos que sienten la necesidad de desafiar ese statu quo, de crear nuevas definiciones de éxito, para aquellos que saben que debe haber más de lo que hoy tienen. Para los que necesitan un pequeño empujoncito para volar; para todos los que saben que necesitamos líderes que propicien la diversidad, que crean en algo y se aferren a sus propósitos para lograr un bien común, más allá de los resultados del presente.

Si creemos en un mundo en el que podamos sentirnos seguros, llenos de confianza y vibrando todos los días con lo que hacemos y asumimos esa visión como líderes, entonces asumiremos también que de todos es la responsabilidad de dar luz, enseñar, apoyar y guiar a aquellos que están comprometidos a liderar de una manera irreverente, a aquellos que piensen en todos y no en uno; en mañana, y no en ya. Y tal vez lo primero que debemos hacer es preguntarnos ¿por qué no?... ser yo quien dé el primer paso.

Si creemos en un mundo en el que podamos sentirnos seguros, llenos de confianza y vibrando todos los días con lo que hacemos y asumimos esa visión como líderes, entonces asumiremos también que de todos es la responsabilidad de dar luz, enseñar, apoyar y guiar a aquellos que están comprometidos a liderar de una manera irreverente, a aquellos que piensen en todos y no en uno; en mañana, y no en ya. Y tal vez lo primero que debemos hacer es preguntarnos ¿por qué no?

ADRIANA ARISMENDI

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